Lamenca escribe desde la grieta entre la conciencia y el absurdo, entre el pensamiento lúcido y la ternura desesperada es un ejercicio de ironía existencial y poesía concentrada, donde lo mínimo revela lo esencial. El tono es a la vez ligero y brutal, como si el poeta se enfrentara a la realidad con una sonrisa torcida, sabiendo que la verdad, el amor, la culpa, la estupidez o el olvido no tienen sentido, pero siguen doliendo, concluyendo cada poema con una frase desconcertante, ambigua o irónicamente resignada: “Y era feliz” o “Y soy feliz”.
Nunca estuve en Nueva York
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